Este pequeño elefante formaba parte de la colección de hipopótamos del padre de Anna.
Criada por un hombre que fue para ella una figura tanto paterna como materna, durante
años Anna, le llevó pequeñas figuras de hipopótamos de sus viajes, convirtiéndo cada una
en un gesto de afecto y en una forma de mantener el vínculo a pesar de la distancia.
Un día, al no encontrar ningún hipopótamo, eligió un elefante. Aunque era diferente de los
demás, fue incorporado a la colección.
Tras la muerte de su padre y la dispersión de la colección, el elefante permaneció como una
huella emocional de esa relación.
Más que un recuerdo material, encarna la permanencia de los lazos que sobreviven a través
de objetos modestos, imperfectos y profundamente cargados de memoria.