Este despertador de mesilla de los años cuarenta perteneció a Claudette, violinista profesional y abuela de Aurore. Aunque permaneció en silencio durante mucho tiempo, sigue siendo portador de una memoria íntima en la que el tiempo se mide menos en horas que en ritmos y presencias.
Aurore conserva el recuerdo de los abrazos de su abuela: con la oreja apoyada sobre su pecho, escuchaba los latidos de su corazón mientras sus manos, animadas por una cadencia constante, marcaban suavemente un ritmo familiar, como la prolongación de una partitura.
Reparado para recuperar su voz mecánica, el despertador se convierte aquí en el punto de partida de una obra que vincula el objeto con la transcripción musical del sonido de su mecanismo. El tic-tac, el latido del corazón y el gesto de la violinista convergen en una misma escritura sonora.
La pieza evoca así la memoria del ritmo: una presencia que perdura a través del tiempo y transforma el sonido del reloj en una melodía íntima, sensible y viva.